El logro de un espacio en la residencia familiar en ocasiones es una misión imposible. Por alguna razón las esposas piensan que el marido es una máquina inanimada cuyo único objetivo en la vida es hacer algo. Lo que sea. Cuando lo ven a uno sentado con un libro en el regazo o de plano tendido en la cama. Las amorosas cónyuges sufren horrores. He aquí que puede uno estar tranquilamente sentado, entonces, como si nada, pasa la consorte y de reojo te ve. No dice nada y la mirada furtiva quizás te pase desapercibida. Después de 5 minutos vuelve a pasar. A lo mejor se le olvidó revisar si había papel de baño (posiblemente se acabo en los 5 minutos que estuvo ausente), quizás noto una arruga de 1 micrómetro en la sábana de la cama, o un movimiento milimétrico en los libros de la repisa. Todo esto, lo sabemos, son desperfectos de la mayor magnitud que exigen ser arreglados a la brevedad. Cuando nuestros personales capullitos de alelí efectúan esta tarea urgente se vuelven hacia dónde estamos y en esta ocasión nos lanzan una mirada que ya raya en el intento de asesinato. Pero calladas, (sólo lo suficiente para no molestar a los vecinos) arreglan el desperfecto de manera minimalista: vuelven a tender toda la cama o quitan todos los libros de la repisa para acomodarlos nuevamente. A estas alturas el tranquilo jefe de familia reafirma que ha desposado a una dama hacendosa y diligente. Casi sonreímos con esa alegría interna de haber hecho una buena elección. Esa mujer lasciva de mala reputación con la que por poco contraemos nupcias nos habría llevado a un mundo de placeres ocultos y pecaminosos del cual habríamos despertado (si despertábamos) casi moribundos. En cambio nuestra esposita nos demuestra su amor en el cuidado que pone a nuestra residencia construida con tantos sacrificios.
Una vez arreglado el desperfecto en cuestión ella se va. El consorte disfruta de ese momento de tranquilidad y satisfacción de hallarse con la persona correcta en el lugar correcto. Hasta que un sartén le pega en la cabeza y por poco y se la saca de un tajo
-¿Qué traes vieja?, ¿casi me descalabras?- pregunta cariñoso y sorprendido.
-¡Chin!, yo quería descalabrarte-
-¿Por qué?-
-¡Eres un holgazán! Estas viendo que estoy arreglando la casa y ni siquiera te acomides-
-Tengo 10 minutos leyendo mi libro-
-Claro, primero son tu cosas y después las mías, bien me lo advirtió mi madre que me estaba casando con patizambo egoísta-
-Son los primeros 10 minutos de lectura que tengo en el mes-
-¿Y cuantos minutos de descanso crees que yo he tenido desde que nos casamos? La casa siempre es un tiradero que tengo que recoger yo a cada minuto y además están los niños-
-Vieja, no tenemos hijos-
-Pues como si los tuviéramos, me debí de haber casado con aquel millonario que me agarró la pierna en el banco-
-Te agarró la pierna porque le estabas pisando el juanete con tu tacón de 10 centímetros-
-¡Claro que no! Pero lo peor es que tú lo dejaste. Permitiste que un extraño me arrebatara mi virtud.
-Nada más te quito el tacón de su pie además yo todavía no te conocía en aquel entonces. Tú me contaste el incidente-
-¿Y eso te disculpa?-.
En este punto el firme consorte ha perdido el duelo. Nada podrá brindarle la victoria, tendrá que ceder e ir de compras o instalar la máquina para hacer ejercicios que se convertirá a la sazón de unos cuantos días en el recolector de polvo oficial de la vivienda.
Lo más curioso es que cuando ya esté en ese trance lo hará de buena gana porque el amor, nadie puede dudarlo. Es una cosa misteriosa.
Nos estamos leyendo.